Erase una vez un manco que tenía por novia a una bella mujer ciega. Su relación en la calle era idílica, él irradiaba ternura con su respeto a las mujeres desconocidas. Cuando se juntaba con los amigos se transformaba, hablaba de las féminas como mercancía y con un desprecio despreciable, y fardaba de sus habilidades sexuales,.
Ella, por su parte era todo ternura. Se quedaba ensimismada mirando a niños en el parque aunque no pudiera verlos. Su andar chepudo, con la espalda arqueada, era un símbolo de hermetismo. Siempre dejaba a medias sus conversaciones. Sus ojos, con frecuencia, relucían con un brillo húmedo al ponerse llorosos. Cuando hablaba con un hombre que no fuera su marido, giraba siempre la cabeza y agachaba su mirada. Era una mujer de inmensos y melancólicos párpados.
Diariamente ocurría que cuando se juntaban en el interior de su domicilio, ella, como por arte de magia, empequeñecía con cada palabra de su amado. A él le crecía la boca, empezaba a babear como un can. Las paredes temblaban, los objetos cambiaban a colores ténebres. Ella se sentía culpable de todas las metamorfosis extrañas que ocurrían en su casa.
Pero todo cambió un soleado día, en el que el hombre se despertó y sintió que su cuerpo era diferente, ya que su anatomía contaba ahora con dos sanos brazos. Reaccionó y mandó información al cerebro que intentó emitir una respuesta de movimiento, pero los brazos reaccionaron de manera independiente y se recluyeron hasta posar sus manos en su boca, dónde quedaron selladas. Su mujer lo contempló todo con una recuperada, de manera milagrosa, vista. Se sintió guapa y contempló su cuerpo por primera vez en el espejo. No recordaba aquel tiempo en el que caminaba así de erguida y sus piernas eran mucho más largas de lo que pudiera haber imaginado. Salió dando un portazo que retumbó armonioso, sonó a allegro clásico, también era algo para ella novedoso. Sonrío con cara de pionera felicidad y se alejó tan, tan, lejos que volvió a encontrar aquel recóndito lugar llamado "yo".
Moraleja: Todo lo que te destruye, se deja.
A todas aquellas mujeres vejadas, a lo largo de la historia en cualquier lugar











